Táriba y su Tradicional Mercado - #Tochadasnetve

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ASI NOS CONTARON
 


Ya casi no se sabe dónde termina San Cristóbal y dónde empieza Táriba, pues esta bella y simpática Perla del Torbes se ha vuelto una prolongación de la capital del Estado.
El mercado de Táriba parece que ha perdido algo desde que lo desalojaron de la plaza para hacer allí un bonito parque dedicado al Libertador. Antes era un gusto contemplar al lado de los <<pesos>> colgados en trípodes formados por tres <<timones>>, aquellas pirámides de piñas, aguacates, naranjas, plátanos, patillas y toda clases de frutas y frutos, junto con ventas de primorosos canastos, de atractivas obras de cerámica (porrones, floreros, tinajas, chirguas, platos <<de barro>>, vajillas completas, etc.), de sombreros de caña brava tejidos con primor y de interminables hileras de bultos de panela blanca y perfumada como inmensos caramelos, envueltas en los clásicos <<adorotes>> fabricados con bejucos y las hojas de la caña y que en la tarde, al terminar el mercado, se convertían en hoguera crepitante para el deleite de los muchachos.

En otros sitios de la plaza aparecían las ventas de las sabrosas arepitas horneadas en el campo y hechas de trigo fresco. Vienen empacadas en cajones forrados por dentro con hojas de cambur soasadas,  las blancas son más caras que las morenitas, pero ambas son sabrositas si se las come con esas provocativas y blanquísimas cuajadas o con la rica mantequilla que ofrecen al lado de tales ventas, envueltas en hojas de cambur también soasadas. Mención aparte merecen las filas de ventrudos barriles amarrados con flejes y cabillas y contentivos de la nunca bien alabada chicha taribera, la <<resbaladera taribera>> que se ofrece para acompañar los crepitantes pastelitos de carne, huevo, garbanzos y arroz, envueltos en suave y dorada capa de yuca de La Línea.
Alrededor de la plaza, por un lado estaban las ventas de <<pacotilla>> y quincalla. Pantalones, blusas para hombres que aquí llaman liquiliqui, calzoncillos largos, con tiritas para amarrarlos  en la pierna  fabricados con modestos liencillo, camisas de cretona  o popelina, franelas y almillas, y para las damas, camisones de zarazas de colores vistosos, enaguas blancas de género <<Matrimonio>>, camisetas que ahora se llaman fondos, chingones para el baño, largas pantaletas de género con  orillas de encajes, medias, zarcillos, rosarios (camándulas), peinetas de doradas piedras, zapatillas, botones, ganchos, prendedores y miles de cosas más, sin faltar las novenas para los santos y las velas para la Virgen, aunque esas cosas, así como los  <<milagros>> se venden en el atrio de la iglesia y en sus calles adyacentes.

En el otro lado de la plaza estaban las cocinas, debajo de unos toldos acogedores. Allí, las gallinas mostrando sus doradas carnes a las miradas golosas de los clientes, la carne de marrano frita, olorosa y crepitante, el mondongo o mute, las morcillas de sangre de cochino con arroz y orégano, los morcones panzudos y amarillos, la ensalada de tomate, rodajas de huevo, aguacate (cura), cebolla y repollo, las empanadas, que hacen un ruidito inconfundible cuando se fríen en el caldero, las arepas, la yuca y los maduros brillantes y provocativos. Todo esto atendido y vendido por gentes buenas y saludables y consumido por los clientes en plena vía pública y, a veces, a mano pelada porque el negocio no le alcanzan los cubiertos para toda la clientela.
De todos los campos afluyen las gentes al mercado de Táriba. Son saludables campesinos y campesinas de cachetes rosados que vienen de Las Vegas, Barrancas, Hiranzo, San Rafael, el Hoyo Bonillero, Cordero, Monte Carmelo, Sabana Larga, El Espinal, Caña Vieja, Arjona, Toico, San Isidro, Zorca Arriba, Toituna y tantos lugares de amables colinas y valles peinados, que descienden hasta el río Torbes o hasta las quebradas que lucen los dulces nombres de Cordera, Toituna, Machirí, Toica, Blanca, Zorca.

En la tarde, con el sol de los vendados, estas sencillas gentes, con sus arreos de mulas y burros por delante, regresan contentos y optimistas a sus humildes y limpios hogares, en donde los esperan el descanso, la tranquilidad y la satisfacción interior del deber cumplido.
Luego, la apacible y acogedora ciudad de Táriba queda nuevamente en calma, alrededor de las erguidas torres de su bella iglesia, en donde la venerada imagen de la Virgen de la Consolación cuida de sus hijos que mantienen la fe y su esperanza en su excelsa patrona.

Asi era la Vida en San Cristóbal de Amselmo Amado



 
 
 
 
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