Sebastián Alviarez en los dulces aromas y sabores del pan andino - Copiar - #Tochadasnetve

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TOCHES CON TALENTO
 


La breve historia de un tachirense que con fervor se adentró en los dulces aromas y sabores del pan andino, refleja el esfuerzo y constancia de un pueblo que mantiene hasta el presente una tradición que no se quema en los hornos del tiempo. Dentro de las casas panaderas se encierran, como tesoros, historias de temple y constancia, abundantes como el trigo, historias que embarcan hacia un encuentro con gente entusiasta al testimoniar reflejos de un pasado personal, que ayuda, en esta oportunidad, a ir dilucidando algunos detalles sobre costumbres y tradiciones que forman parte de la identidad tachirense, y donde se destacan dispuestos personajes con la sonrisa perenne y sencillez características del andino.
Particular es la historia de quien, en sus tempranos años, se moviliza desde San Juan de Colón (Táchira) hasta la capital San Cristóbal, sin remota idea en los quehaceres panaderos y descubre en los hornos un dulce tesoro: Sebastián Alviarez.
Con tan solo ocho años de edad, en 1939, cuando aún el Barrio Obrero no estaba urbanizado completamente y las casas eran grandes, con amplios patios que permitían la siembra de café y árboles frutales, llegó de la mano de su madre y cinco hermanos, humildes y sin más esperanzas que afrontar las nuevas circunstancias. Inquieto, juega trompo y metras en la parte trasera de un local panadero perteneciente al señor Jesús Guerra, donde algunas veces, por cortar latas de manteca —por arriba y abajo, hacerles un doblez de tres cm para que quedaran anchas y así meter la masa— conseguía pan y café. El niño era un trabajador y hacía los mandados.
En la panadería Las Cumbres, existía una alta producción, camionadas de pan eran enviadas a los Llanos, con el chofer Eleuterio, hijo del dueño, quien al regresar de distribuir los panes gastaba la mayor parte de las ganancias en las mujeres de mala vida "Aunque muy mal llamadas así, porque hasta por Dios fueron bendecidas", dice Sebastián. Este muchacho llevó a la ruina el negocio, vertiendo el sudor de varios trabajadores en los calores del placer.

Los porvenires del joven se inician cuando este se hace de un radio —"Uno para sintonizar le daba vueltas a una rueda grande que tenía"—, y un día cuando pegaba la oreja al aparato buscando una emisora radial, alguien le observó. El sujeto en cuestión le ofreció un carro, sin pensarlo hicieron el trueque (radio-auto) y, aún incrédulo por aquella negociación, Sebastián sonreía manejando.
En sus andares calle arriba calle abajo, otro hombre llegó a presentarle el intercambio de una finquita en Gallardín por su carro. Siguen llegando transacciones y por la finca recibe una camioneta Chevrolet del año 1948, con poco uso. ¡Zas! Seguidamente la cambia por la primera casa amplia, con buen terreno, en Caballo Blanco.
Ahora bien, siempre Sebastián observaba con anhelo aquella panadería, con el tiempo, en sus estructuras decadentes sumergía sus pensamientos, proponiéndose la obtención de tal negocio, recuperarlo y hacerlo sustento. Su mujer le decía: —Usted nunca va a comprar esa panadería. —No diga eso, ya verá que sí, esa panadería va a ser mía —respondía. Su miedo a perder la posibilidad de ser dueño de Las Cumbres se manifiesta cuando un comprador, representando a los dueños de Vidrios París—empresarios pudientes, con grandes entradas monetarias—, llega con intenciones de compra, pero no consigue obtener la panadería. Aliviado por la transacción fallida, pero preocupado por creerse imposibilitado en la tarea de costear el precio del negocio, se aflige Sebastián, porque "Si esos señores con tanta plata no pudieron, pues menos yo".

Una generación de vástagos maneja actualmente la panadería, conservando la tradición de una empresa que aún permite el encuentro con vitrinas llenas de dulces panes y amasijos. Artesanos que elaboran sabrosas piezas, símbolos de una región. Por ellos, todavía viajan arropados entre amarillentas bolsas de papel, en los brazos de propios y turistas, el dulce regalo de un pueblo.
Un hombre de oriente llega y le arranca ese guayabo ofreciéndole 50 mil bolívares por su vivienda. Sin pensarlo, finiquita la venta y encumbra sus metas a adueñarse pronto de la casa de los amasijos. Dispuesto a conseguir la panadería manifiesta en su hogar que vendería el inmueble donde residían y se haría dueño del negocio donde los cafetales y arboles de toronja le sirvieron de escondite en sus inocentes juegos de niño, donde día a día recogía un pedazo de pan y fue, en sus palabras, "un esclavito".
Inexperto en las tareas del pan reconoce el valor del maestro panadero Rosario, quien continuaría trabajando por veinte años más junto al nuevo propietario. El maestro preparaba quesadillas que, con las recomendaciones de Alviarez, fueron variando con pedazos de bocadillo, éxito en ventas y en el gusto del público. Se transformó entonces el establecimiento en un laboratorio para el mejoramiento de las presentaciones del dulce amasado, ampliando en variedad lo que se mostraba en vitrinas.
El camaleón, explica Sebastián, tenía en su forma, la cola y patas, extremidades que eran estrategia para tentar al comprador a echar una mordida y animarse a llevar más panes. Era también el caso de la acema, adornada con cuatro rosas dispuestas como esquinas de un cuadrado y una en el centro, cosa tan bonita para los ojos que solo podía resultar en más billetes fuera del bolsillo, "Se trae la tradición de tanto mirar la pieza como al probarla", dice.

Hasta el presente se conserva la estructura de Las Cumbres, levantándose como referencia del buen pan tachirense hecho por tachirenses. Vale la pena mencionar que con las olas migratorias, a partir de 1949 inician su llegada a los parajes andinos: corsos, italianos y españoles. Gracias a ellos se dio la proliferación de comercios bien establecidos, con vitrinas y amplios locales para la venta de nuestro pan. Pero, por otro lado, algunos como Sebastián, continúan siendo firmes detractores de que el pan hecho por europeos sea de calidad. Este panadero afirma que las técnicas de elaboración de un pan bien macizo se tergiversan por los extranjeros para obtener un aumento de ganancias y menos gasto de materiales. Sabiendo esto no entiende cómo muchos prefieren comprar en panaderías de dueños europeos, descartando los locales de verdad andinos: "No pueden ver a un extranjero porque de una vez lo buscan pa’ comprarle el pan y resulta que el pan andino más malo es ese".
Una generación de vástagos maneja actualmente la panadería, conservando la tradición de una empresa que aún permite el encuentro con vitrinas llenas de dulces panes y amasijos. Artesanos que elaboran sabrosas piezas, símbolos de una región. Por ellos, todavía viajan arropados entre amarillentas bolsas de papel, en los brazos de propios y turistas, el dulce regalo de un pueblo.

Frederick Jimenez Periodista Gastronómico
Twitter: @eduarno


 
 
 
 
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