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ASI NOS CONTARON
 

Niebulones

Los cinco muchachos habían salido de sus casas al amanecer y caminaban montaña arriba por un estrecho camino. Ana, la mayor, iba adelante y atrás Calixto y Evaristo, un poco rezagadas Julia y Tinita. Llevaban mochilas y costalitos para recoger lama y guinchos. El frío era intenso, aunque poco a poco el sol iba calentando las cumbres. Después de varias horas se detuvieron a descansar cerca de unos árboles. Calixto observó unas huellas que llamaron su atención.
-¿Serán de oso?
-Posiblemente sean de oso frontino, debemos de andar con cuidado  no separarnos ni un momento – dijo Ana muy seria.
Siguieron caminando entre los árboles y matorrales hasta llegar a una laguna llamada Las Palmas. Ana vio un pequeño hombrecito sentado en una piedra que los miraba, pero no dijo nada a los muchachos para no asustarlos, quizás ellos no lo vieran.
Se sentaron a comer y luego recogerían lama de piedras y árboles, pues por el frío y la humedad era aterciopelada y abundante. Las muchachas llenaron sus mochilas y daban gritos de admiración cada vez que conseguían plantas extrañas y pequeños guinchos. Ana asustada les decía que no gritaran.
Mientras tanto los muchachos llenaron sus sombreros de piedritas y cada uno se fue a un extremo de la laguna. Calixto le zumbaba piedritas a Evaristo, exclamaba:
-¡Ahí te va!
Evaristo se agachaba unas veces y la piedra caía más adelante, otras caían a la laguna. Ana alarmada les dijo:  
-¡Dejen de tirar piedras y de gritar, aquí no se puede hacer ruido!
Las niñas preguntaron:
¿Por qué?
-Porque baja la niebla.

Los muchachos miraron el cielo azul y el sol brillante, en sus rostros se dibujó una sonrisa incrédula, pero como conocían el carácter de Ana dejaron el juego y terminaron de llenar sus costalitos. Poco después el cielo se cubrió de nubes y una densa niebla lo cubrió todo. No se veía ni la laguna ni los árboles, apenas se podían ver.  Ana había visto la cara de disgusto del hombrecito y como éste levantaba las manos hacia el cielo, los llamo con energía:
-¡Calixto, Julia, Evaristo, Tinita! Amárrense las mochilas y costales a hombro  y agárrense todos de la mano, el que se suelte se perderá.
Muchas horas estuvieron caminando entre la neblina y como no sabían por donde iban llegaban siempre al mismo sitio, Julia decía:
-No veo nada, y ¿si nos sale el oso?
-¡Callese, miedosa! Le dijo Calixto.
Se había hecho de noche y la niebla como una inmensa pared les tapaba el camino de regreso. Gritaron pidiendo auxilio, las niñas lloraron, Ana suplicaba:
-Niño Jesús, te ofrezco una llavecita de oro si logramos abrir el camino hacia casa.
Pasaron las horas y los cinco muchachos seguían caminando en la niebla sin saber donde iban. Estaban empapados, cansados y con hambre.

Caminaban agarrados de la mano y rezaban sin cesar; sin rumbo siguieron durante mucho tiempo. Mientras tanto la familia de los muchachos se reunieron y dividieron en grupos para buscarlos. Iban  en mulas y llevaban hachones encendidos, todos subían en dirección al Páramo La Colorada. Ya en la cumbre los llamaron, ellos, contestaron a gritos:
-¡Aquí estamos, vengan a buscarnos!
Después de mucho rato lograron ubicarlos y fue tanta la emoción de los muchachos que lloraban y reían. Los subieron a las mulas y felices regresaron a El Fical. Ana sabía que la niebla había sido obra del duende que cuida la laguna, no le gusta que hagan ruido ni tiren piedras, tampoco que dañen o arranquen las plantas del paramo.
Lolita Robles de Mora / Caminos de Leyenda.


 
 
 
 
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