London Bar de Rubio - #Tochadasnetve

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MI TÁCHIRA > Febrero-Marzo
 


Corrían los finales de los años 40 del siglo pasado, cuando un emprendedor, Raúl Losada Ramírez, mi tío Raúl,  abrió frente a la plaza Bolívar de Rubio: el London Bar o  el  London como popularmente se le conocía. Años más tarde tomó las riendas del establecimiento mi amado padre Román Delgado  y fue de esta manera como gran parte de nuestra vida familiar estuvo ligada al negocio del entretenimiento y la buena mesa.
Era  el London  un local con mezcla de estilos, pisos enmosaicados, altos techos con cielo raso, canceles con vidrios coloreados, un gran estante de madera tallada y las vidrieras  o vitrinas donde nunca faltaron las exquisiteces y confituras salidas de los hornos de  Ana Julia y Delia Losada Ramírez.
Caracterizaba al local una suerte de heterogénea mixtura entre restaurante, licorería y heladería; quien vivió en Rubio en aquella época recordará los helados elaborados con toda  clase de frutas en deliciosas cremas que salían de los fogones de mi adorada madre, Elisa, y que  diligentes artesanos como Cruz Delia Chiquillo y Víctor Prato, preparaban  en las máquinas recién importadas por papá.

Era el epicentro de reunión de jóvenes y adultos, en las largas tardes de Agosto hermosas chicas que recién habían abandonado sus medias tobilleras, acudían en busca de un  refresco, un helado o un  Cinzano  para matizar las vacaciones.
La experta contadora Lolita Chiquillo me cuenta que muchas veces acompañada por gentiles caballeros se deleitaba escuchando: La Leyenda del Beso, Las Bodas de Luis Alonso  o La Barca en la colorida rockola, último modelo, ubicada en la mitad de la segunda sala.
Son muchas las vivencias en aquel lugar de mi niñez y como dice Jean Paul  Sartre: “El recuerdo es el único  paraíso del cual nunca podemos ser expulsados”. Acá sólo referiré algunas anécdotas que permanecen vivas en mi memoria.
La primera vez que llegó a  rubio la leche pasteurizada  Indosa   en envases  ultramodernos, en una tarde plomiza, jóvenes  Rubienses, acudieron con sus padres a adquirir la novedad láctea.

Mi vieja memoria recuerda, entre sueños, a una dama de la localidad que había sufrido un desengaño amoroso y lloraba sus desventuras escuchando los boleros grabados por  Carmen  Delia Dipiní, rociados con heladas cervezas,
¡Ah,  el London!, me dicen: ¿todavía existe?  Se niega a irse, ha pasado por diversas gerencias. Ahí está, me gustaría volver a él para sentir la presencia de mis padres que me enseñaron que la disciplina, la constancia y el buen trato son ingredientes indispensables para hacer una vida de bien.

Fuente: José Francisco Delgado Arauz. de www.enrubio.blogspot.com

 
 
 
 
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