Las Clases de doña Evangelina - #Tochadasnetve

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ASI NOS CONTARON
 


Eran los tiempos en que el almanaque marcaba la década de los años sesenta, cuando allá en la calle cuatro, en la vieja sede del Colegio “Santa Teresita del Niño Jesús”, doña Evangelina Daza de Sánchez, por amistad con los directivos del colegio, Monseñor José Edmundo Vivas Medina, Ana Lucia Silva Sánchez y mi madre Martha Cárdenas de Peña, accedió a dictar para las niñas de cuarto, quinto y sexto grado de educación primaria, las clases que dentro del programa de Educación Doméstica, se llamaban de Culinaria.
Desde la primera clase, ella nos enseñó con esa sonrisa que siempre estuvo en su rostro, que la cocina no es ninguna sala de torturas, ni de peligros, y que no teníamos porque llorar cuando nos pusieran a cocinar, a menos que estuviéramos pelando cebollas, porque cocinar es algo muy agradable, útil y fácil, y que aprender a cocinar nos iba a servir mucho en nuestras vidas, porque aunque no quisiéramos estar cocinando todos los días, teníamos que aprender cómo se preparaban los platos más elementales, para saber hacerlos y saber mandar a hacerlos, porque como decimos los tachirenses: “el que no sabe hacer no sabe mandar”.
Su primer consejo fue, el de estar siempre de buen genio a la hora de cocinar, porque el mal genio se trasmite a los alimentos, y cuando la cocinera está “malgeniada”, la comida lo siente, por eso se dice que una torta o un postre no cuajó, porque la cocinera “tenía mala mano”, es decir, estaba de mal genio.

El segundo gran consejo fue el de mantener la cocina ordenada y limpia, porque si un ingrediente es indispensable en la cocina, es el orden, para que así cada cosa tenga su puesto y todo se conserve en buen estado: limpio y ordenado. Por último, agregaba doña Evangelina, había que servir la mesa con esmero, “porque la comida entra primero por los ojos”, y por ello tan importante es lo que se prepara como la forma en que se sirve: las sopas deben ser servidas con su ramita de adorno de perejil, cilantro o apio de España, con un toque de pan tostado para los consomés; con un hilo de nata de leche, para las crema oscuras; con un guiso o sofrito, para acompañar el punto de picante que se agrega al plato de los hervidos; el arroz adornado con perejiles y trozos de pimentón, para que el color del adorno presente el simple arroz como una entrada apetitosa; las tajadas servidas en plato aparte, bien escurridas y colocadas sobre una servilleta de papel que absorba la grasa. Los platos principales en una bandeja con su guarnición de vegetales, y sobre todo el mantel bien limpio, bien planchado Que en la mesa siempre que se pueda deben colocarse flores, aunque sean las sencillas del jardín casero, o un frutero, porque la mesa debe estar bien adornada, ya que es el lugar de mayor convocatoria, el sitio de reunión de toda la familia. Y un último consejo, a la hora de las comidas: comer en paz, hablar de temas agradables, compartir y desearse buen apetito y dar gracias a Dios por los alimentos recibidos.

Por todo esto que en su memoria escribo, por sus tantas palabras llenas de bondadosas recomendaciones, el recuerdo de doña Evangelina es siempre una imagen que regresa, con una sonrisa, con sus palabras en favor de la tradición y las buenas recetas; con la amabilidad para enseñar y entregarnos agradables consejos sobre el tan útil y sencillo arte de cocinar. Palabras que en honor a su memoria hoy agradezco en nombre de todas las niñas que en ese entonces fuimos sus alumnas y que hemos seguido su mejor enseñanza: “Cocinar es fácil, sencillo y agradable si se tienen los principales ingredientes: buen genio, orden, limpieza, imaginación y amor a la hora de servir la mesa.”

Diario La Nación. Pagina de Gastronomía
Por las mesas del Táchira. Domingo 29 de agosto de 1999.

 
 
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