La apreciada Aminta Garcés - #Tochadasnetve

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TACHIRENSIDAD
 


Aminta Garcés murió en el Hospital Vargas de San Cristóbal, el 6 de marzo de 1956. Según algunas versiones, llegó con el elenco de la Compañía de Teatro Pellicer, a causa de un amor no correspondido, se quedó en San Cristóbal. Esto produjo su desgracia. El acta de defunción reporta "una señora" (sin nombre) "que llegó en estado comatoso". Para el cronista Rafael María Rosales, había nacido en Puerto Rico.
                Con el correr de los tiempos, llegó a esta hospitalaria ciudad una dama de nombre Aminta. Ella contaba que había venido en una compañía teatral, la cual se disolvió quedándose rezagada en este pintoresco pueblo.
               A pesar de los años, su silueta denunciaba que debía haber sido hermosa cuando joven; tenía cuerpo menudo, larga cabellera negra, grandes ojos, suaves y coquetos ademanes. Se conocía que había actuado como artista pues cantaba arias de "El Rey que Rabió", el "Dúo de los Patos" y otras operetas.
               De sus mocedades de artista le quedó la costumbre de usar una mantilla negra que recogía, con un vistoso prendedor, frente al pecho, y un viejo y desteñido abanico que manejaba con airosos movimientos. Adornada sus dedos con varios anillos de piedra. Tenía la manía de empolvarse con profusión la cara y entonces tomaba la ridícula apariencia de un afligido pierrot.
               Su lenguaje era florido y lleno de frases cordiales. ¡Qué galante!, exclamaba a cada paso, mientras su silueta se curvaba en una profunda reverencia. O bien decía mirando al crepúsculo: "¡Qué hermosos celajes tiene la tarde" Recuerdo que, en una oportunidad, visitó nuestra casa y, al ver a una de mis hermanas pintando un cuadro de montaña, dijo: "¡Qué belleza, parece un follaje de drama!" En su palabra se adivinaba el acento de una bogotana; quizá frente al Monserrate se meció su cuna. Aquí, entre nosotros, vivió por muchos años. Fue apreciada y querida por las gentes de este pueblo, que solícitas la socorrían en sus diarias necesidades. Un día, el menos pensado, desapareció. Nadie supo más de ella. La prensa local se hizo eco de esa angustia colectiva y quiso desentrañar el misterio…
Al fin se supo que Aminta había muerto; que su cadáver tuvo como destino final el anfiteatro de la Universidad de Mérida, siendo reconocido allí por los estudiantes de medicina, nativos de este Estado, y embalsamado reposa en sitio predilecto en esa Facultad.

Fuente: "San Cristóbal, La de Mis Recuerdos" de Josefina Tamayo de García.  1961


 
 
 
 
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