Gómez, Retorna al Terruño - Copiar - #Tochadasnetve

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HISTOCHADAS
 

Gómez Retorna al Terruño

Juan Vicente había sido designado gobernador de Caracas. Un día se había presentado a su despacho el coronel Eleazar López Contreras. El  joven oficial se cuadro militarmente y con su voz ronqueta le dijo: "Con su permiso mi general". El  general María Velasco paso hace rato por el barrio San Juan, observo que una poblada quería linchar 2 policías tachirenses. lo tenía preocupado ese enfrentamiento entre andinos y caraqueños. Todos los días le llegaba una novedad al respecto, le planteo el asunto a Castro: "No hallo como resolver este problemas. Ya lo que hay son odios mutuos. Y no podemos licenciar de un día para otro todas las tropas y toda la policía". "Yo si tengo la solución -replico Castro-. Tenemos que acabar con Peñaloza y los otros revolucionarios que están incursionando en la frontera Tachirense. Peñaloza tiene arraigo en los páramos, y seguidores, y podría darnos una sorpresa cualquier día. He estado dándole vueltas a la cabeza día y noche, y siempre llego a la misma conclusión: Usted es la persona más indicada para acabar con esa situación. Así que o he designado jefe Civil y Militar del Táchira, por un tiempo, mientras acabamos con los vagabundos de Peñaloza y todos los bandoleros que lo siguen. Para cumplir esa misión se llevara usted a las tropas tachirenses que tenemos aquí en Caracas. Así Mataremos dos pájaros de un tiro".
No le había disgustado la propuesta. Don Cipriano era el primero que lo había aleccionado: "Ala, Juan Vicente: Te voy a designar Gobernador de Caracas, pero vas a tener que quitarte esa blusa de hacendado y coges a donde Pisani, El sastre italiano, pa´que te haga una percha". Entre el sastre y el peluquero de la casa de gobierno habían hecho milagros Él mismo no se reconocía frente al espejo con aquel traje gris a rallas, camisa blanca de cuello duro, y corbatín de lazo. El pelo cortado al rape, que le daba esa apariencia de tártago o mongol, lo llevaba ahora a la europea, peinado de medio lado con carrera a la izquierda, y copete en la frente. Los bigotes choreados en las comisuras de los labios terminaban en forma puntiaguda. De la intendencia Militar le habían enviado los uniformes. No se sentía bien en ellos. Des uniforme de diario le molestaba particularmente el correaje, el ancho cinturón y la correa terciada al pecho, para sostener el pesado revólver. Por eso muy pronto adopto un uniforme muy peculiar. Una blusa con charreteras y sin condecoraciones que no se sabía si era la guerrera de un uniforme militar o simplemente la blusa de un traje de hacendado. Y nada de correas. Y en vez de gorra un sombrero de tela común y corriente. El que si le había gustado era el uniforme de gala de 2 tonos: Guerrera beige y pantalón oscuro, con una franja o de color amarillo a lo largo de las costuras. La guerrera llevaba lujosos bordados en las mangas y en el cuello, y las condecoraciones. Cuando se vio ante el espejo se había asombrado con su parecido con el káiser Guillermo II. Tanto, que se había hecho sacar una foto con la misma pose de aquel, montado en un caballo blanco.
Las cosas por el Táchira continuaban mal. A meses de haber triunfado la revolución Restauradora el estado donde ella se había encubado seguía en manos de los contrarios. Se corrían rumores de un posible alzamiento de parte de mochistas, lagartijos y rangelistas; Estos últimos seguidores de Rangel Garbiras Todos se habían unido contra Castro. Los liberales lagartijos, encabezados por Juan Pablo Peñaloza, continuaban gobernando.

Después de  un largo viaje de ocho días, por vapor y ferrocarril, había llegado al Táchira. Llevaba alrededor de mil hombres, todos deseosos de regresar a su región. Para él era el viaje de regreso, solo que ahora no iba acompañado de un puñado de guerrilleros, sino de todo un ejército bien uniformado y mejor apertrechado, con máuseres nuevecitos y artillería pesada. A su paso por Táriba, el doctor Santiago Briceño, eminente hombre de la región, le había preparado un almuerzo, un sancocho andino, pero el General lo dejo esperando, aunque después se excuso. Briceño, aunque admirado por Castro, no era visto con entusiasmo por los Restauradores por su intima amistad con Andrade, el Presidente que la Revolución había depuesto.
Aun así, el doctor Briceño le hizo una visita en su despacho al nuevo gobernador. No pudo ocultar su sorpresa. El Gómez de ahora vestía traje de lana inglesa, camisa de cuello alto, y corbata de seda. Estaba perfectamente afeitado con unos bigotes muy cuidados. No era ni la sombra del palurdo hacendado que él había conocido años antes. Sus modales seguían siendo muy corteses y en tono de su voz suave y cadenciosa.  Esta vez lo había recibido más amablemente, y lo había escuchado con atención. Briceño en forma vehemente, le hizo referencia a los principales problemas del país  y del Táchira, y hasta se había dado el lujo de darle algunos consejos.  
El problema más serio que había tenido que enfrentar a su regreso al Táchira había sido su enfrentamiento con Celestino Castro, hermano de Cipriano Castro, quien  se sentía allí como en su feudo, como amo y señor, donde no quería rivales. Ese enfrentamiento influiría en el distanciamiento afectivo entre los dos compadres. El todo, era porque había designado como su Secretario General al doctor Samuel Niño, quien había sido liberal amarillo, peñalocista lagartijo, grupo enemigo de los Castro. Los castristas se quejaban de que esa política de amplitud del General los iba a perjudicar. Los problemas con celestino llevaron a Cipriano a preguntarle a Gómez "si quería" regresar a Caracas. Era como una destitución disimulada. Y defendió su obra. "El Estado no confía sino en mí y a mi solo obedecen". "Ya no hay muertos a machete ni a bala, ni a nadie se molesta". Pero sobre todo es que "algunos amigos quieren excluir a los liberales de toda acción pública", "y eso significaría la vuelta a las pugnas políticas". En una carta a Castro, defendía a Samuel Niño, de quien se sentía muy satisfecho como secretario del Estado.  La crisis entre Gómez y Celestino Castro estallo cuando este último fue designado para sustituirlo, sin siquiera consultarlo, como Presidente del Estado Táchira. El doctor Niño fue destituido y, además hecho preso. El General estaba iracundo. Se retiró a "La Mulera" y pensó sacar un manifiesto retirándose de la política. Pero esto era un paso peligroso para el gobierno. No podían correr el riesgo de echarse de enemigo a un hombre con tanto peso político como él. Celestino le organizo un homenaje en San Cristóbal. Esto y una fractura  en una pierna de Castro, cuando saltó de un balcón de la Casa Amarilla, asustado por un terremoto, lo decidirían después a regresar a Caracas.

Los soldados se fueron a sus pueblos. ¡Hacia tanto tiempo que no se sentaban alrededor de un plato de mute o de un sancocho! Los familiares y amigos llegaban a saludarlos, y armaban las grandes parrandas. "Ustedes no pueden imaginarse lo que es Caracas, los grandes edificios, el lujo de la godarria" aseveraba Heriberto Niño quien había llegado a Sargento primero. "A los Andinos nos odian. En San Juan, o en cualquier barrio, si un andino se descuida y lo agarran solo, le caen en cayapa hasta dejarlo medio muerto".
Gómez aparto un poco de tiempo para los viejos amigos. San Cristóbal ir parecía ahora un pueblo. En cambio, antes, cuando venía a las ferias desde la Mulera, la veía como una gran ciudad. Ahora se reunía con Gumersindo Méndez, hacendado y militar como él. Pero Méndez ya estaba viejo. Prefería entonces con Pedro Murillo, quien era amigo y socio en la ceba de ganado. "Creo que usted y yo nos vamos a entender muy bien, General Murillo". Años más tarde, desde Caracas, le escribiría congratulándolo por su gestión para erradicar el castrismo y para consolidar el liderazgo gomecista en el Táchira.

Fuente: Primos y Tiranos
Escrito por Jos Alberto Alcalde



 
 
 
 
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