El último farol de la vieja San Cristóbal - #Tochadasnetve

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MI TÁCHIRA
 


La imagen de una avenida-parque que combinaba una visión campestre del tejido urbano con amplias calles o calzadas que facilitaran la movilidad del tránsito automotor, vino a representar un primer intento por quebrantar el secular esquema de la ortogonalidad constructiva colonial española, en la ciudad de San Cristóbal (capital del Estado Táchira, en Venezuela), a fines de la década de los años 20 del pasado siglo.
Así, el 19 de diciembre de 1926 el Ejecutivo del Estado inauguraba la primera avenida de la ciudad, a la cual se le dio el nombre de «Avenida General Juan Vicente Gómez».
Su construcción había sido decretada en 1925, una vez finalizada e inaugurada la carretera Trasandina, la cual interconectó -por primera vez- el tránsito automotor entre la cordillera andina y el centro-occidente venezolano con la ciudad de Caracas.
La avenida, debidamente pavimentada (por el sistema de macadamización), arborizada con pinares y otras especies e iluminada con faroles eléctricos de calle, de inspiración romanticista decimonónica, se ubicaba al norte de la ciudad.
Partía desde «Puente Rondón» (denominado así en homenaje al coronel independentista Juan José Rondón, y en la actualidad puente sobre la quebrada La Parada) y finalizaba frente a la casa de Don Miguel Ángel Granados, en el sitio conocido como «Los Kioskos», luego de recorrer un tramo de 1,8 km.
En este último lugar se bifurcaba en su continuidad como carretera Trasandina (obra en tierra) hacia Sabana Larga (viejo aeródromo, ahora campus nuevo de la Universidad Católica del Táchira) y en la recién igualmente abierta (1926) carretera a la población de Táriba que, pasando por el sitio de La Vichuta y los cafetales de la hacienda «Los Teques» (actual sector urbano denominado Los Teques) de Don Manuel Sánchez, seguía a los sitios de la Machirí y Arjona, y de allí a Táriba.
Esta vía fue conocida en su época como la «Carretera de los Doctores» por ser una iniciativa de la Municipalidad de San Cristóbal, la cual -presidida por el Dr. Eduardo A. Santos- estaba conformada por munícipes o concejales quienes -en su totalidad- habían alcanzado este máximo grado académico.
Una segunda avenida, con idénticas características se decretó para la entrada sur de la ciudad, donde se iniciaba la carretera del Llano (que finalizaba en el sitio de Río Frío), a partir del puente sobre la quebrada La Chucurí, en el sitio de La Castra. La misma fue denominada «Avenida 24 de julio».
De ellas sólo permanece el trazado. La masificación constructiva, no planificada de fines del siglo XX y de los tiempos presentes, hizo que se rompieran las fronteras del otrora orden urbano y con ello la ideal armonía arquitectónica entre formas y espacios naturales.
Por ello, el experimento urbano de las viejas avenidas-parques quedó como un relictus arqueológico diluido entre muros o paredes de múltiples formas y tamaños. A la par, los octogenarios árboles fueron doblegados por la modernidad, para ceder sus espacios al asfalto y a los automóviles.

En pie, junto a la antigua y tapiada entrada principal a las edificaciones del Sanatorio Antituberculoso de San Cristóbal, como único testigo de ese experimento y de otros tiempos y mentalidades, permanece –invisible para conductores y transeúntes- el pedestal de uno de esos faroles que iluminaron la primera avenida de la ciudad de San Cristóbal. Objeto urbano que alcanzó a marcar –en el subconsciente colectivo de su tiempo- la identidad de toda una ciudad.
Su enhiesta forma no cuenta su pasado, lo contiene, atrapado, como a sus surcos el rostro de un anciano.
Los faroles instalados en la Avenida «General Juan Vicente Gómez», denominada en la actualidad «Avenida Guayana», estaban conformados por lámparas eléctricas incandescentes, operadas por un circuito en serie de alto voltaje y protegidas por briseras en forma de globo o esfera, de color blanco.
D
e pedestal de sección octogonal, fuste liso, basa circular y capitel octogonal con molduras en salientes, estaban elaborados en concreto –por vaciado en molde-, reproduciendo en un estilo más estilizado los modelos romanticistas de las farolas europeas y estadounidenses de fines del siglo XIX, realizadas en hierro.
Este mismo modelo, con escasas variantes en las dos décadas siguientes, se reprodujo y extendió a todas las luminarias de las áreas públicas de la ciudad, especialmente en sus plazas y parques permaneciendo aún para 1947, como elemento simétrico de la identidad urbana de San Cristóbal.
Cuando observamos los fantasmas del pasado urbano, atrapados en el tiempo por una impresión fotográfica (galería de fotos de la ciudad, de 1929, 1930 y 1947), se concluye –en nuestra opinión- que los valores de amplitud, altura, densidad, calidad e interioridad sustentaron ese pasado o la civilitas de una sociedad de realizaciones.

Escalón necesario para poder alcanzar la humanitas, un modo de vida que vale la pena vivir donde lo construido (lo económico o lo útil) se realiza como soporte y con arte de lo humano, algo contrario a las penumbras y decadencia de los tiempos presentes, donde en lo construido y en lo espiritual predomina la exterioridad, superficialidad, estrechez, dispersión y trivialidad.
Preservación y conservación
La permanencia del último farol de calle de la ciudad de San Cristóbal -ya cegado- navega entre el dualismo de un réquiem a cuatro voces por su desaparición, sentenciado por el presente a ser memoria muerta del pasado, o una revalorización que tenga el alcance de un rescate y restauración.
Su reubicación en un lugar (museo) o área verde pública (parque o plaza) prolongaría su existencia al convertirlo en puente didáctico de contacto, entre el habitante de la San Cristóbal del presente y del futuro, con el patrimonio o la herencia cultural de un pasado de realizaciones.
Su sola presencia, ya resulta un fragmento de lectura formal o decodificación del uno y las partes del entramado urbano tachirense, de la comprensión de la función y el símbolo de lo construido, de su contexto y de los elementos primordiales que proyectó, a lo largo de diferentes épocas, la expresión arquitectónica de una sociedad.

Fuente: Samir Sánchez / bitacorasamisan.blogspot.com


 
 
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