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ASI NOS CONTARON
 

EL LADRÓN DE BIBLIOTECAS

Mientras aquel estudiante hojeaba un texto de arquitectura del Siglo XIX encontró los planos del Colegio La Salle. Allí halló un viejo pasadizo que estaba entre el jardín central y la Biblioteca, construido durante el mandato de Eustoquio Gómez, y que se conectaba con varios puntos de la ciudad. De manera recelosa mutiló aquel libro, que le había prestado el bibliotecario.
Cada hoja rasgada era un punzaso a su corazón. Él, entregó con todo el miedo aquel viejo libro, y como es común en este tiempo, el texto no fue revisado y él se despidió como cualquier otro día normal. Al siguiente día trazó el robo del siglo. Usaría el pasadizo de los túneles para robar las reliquias literarias de aquella Biblioteca. Se decía que en la misma reposaba los conocimientos más antiguos de la humanidad, traídos por un coleccionista de antigüedades, que vino de visita al Táchira, invitado por Eustoquio Gómez. Los intelectuales de la época señalaban a Eustoquio como un ser iletrado, pero era todo lo contrario. Eustoquio se había propuesto modernizar a San Cristóbal, y empezó a traer varias personalidades, sin que su primo Juan Vicente, supiera de tal proyecto. De allí que apareció en el círculo de Eustoquio el amor por lo simbólico y lo mistérico. Se decía Eustoquio, que si la gran urbe de París, tenía un París en lo subterráneo, por qué San Cristóbal no. Con el pasar de los años San Cristóbal olvidó no sólo la visita de aquel hombre, sino que olvidó el lado enigmático de Eustoquio. En las investigaciones de Jorge, había logrado saber la existencia de una Biblioteca que guardaba tesoros únicos, y a los que sólo podían acceder una serie de Iniciados, cuyo primer bibliotecario había sido Pío Gil. Jorge seguía preguntándose cómo en aquel lugar del mundo podía existir un sitio así, que entraba más en la leyenda, que en la historia. Pero en aquel mapa estaba la respuesta. La parte más apetecible de la Biblioteca, estaba en la sección X de libros prohibidos. Nunca se le había permitido ingresar en el fichero de aquella sala. Sólo viejos doctores de aquella Aula Mater e iniciados tenían el acceso a aquella Logia.
Jorge intuyó que esos planos le habían llegado a sus manos porque él, estaba profetizado a un saber superior al de todos los hombres comunes. Ideó paso a paso su entrada al Claustro del Colegio. Pero en ese proceso le entró la duda. Serían verdaderos aquellos planos. ¿Existiría aún ese pasadizo? Muchos de aquellos túneles habían sido tapiados. Y el mismo Colegio estaba en ruinas.
Aquella noche realizó su primera entrada a los túneles. Encontró sin mucho esfuerzo la entrada al pasadizo. Era un túnel estrecho y oscuro, forrado con ladrillos rústicos, lleno de ratas, arañas y miles de murciélagos. Caminó en círculos antes de llegar a aquella extraña puerta. Intentó abrirla a la fuerza, pero no consiguió moverla ni un centímetro. Descubrió una serie de fragmentos de un texto en una de las paredes, estaba perdido, era un idioma del que no tenía conocimiento.

Como pudo tomó nota de aquellos mensajes. Un miedo inundó a Jorge, pero logró sobreponerse y salir sin complicaciones de aquel lugar húmedo y oscuro. Al siguiente día hojeó varios libros y comprobó que aquellos textos estaban escritos en latín. Sólo tenía dos opciones, buscar a un sacerdote que manejara ese idioma muerto o tratar de resolver el enigma solo. Optó por la segunda posibilidad. Prestó a su compañero de estudio Otto Cárdenas un diccionario de latín, pero quedó corto ante aquellos parágrafos. Debido a este detalle visitó al otro lado de la ciudad, en el Seminario de Palmira, a un viejo sacerdote, amigo de la familia de su padre. El clérigo le recibió con gran cariño y Jorge le presentó aquellas frases las cuales leyó sin gran problema, en español, francés y alemán, idiomas que muy bien conocía Jorge:
-Cer ejus indurabitur tanquam lapís, et stringetur quasi malleatoris íncus. Ipse est rex super universo filios superbioe. "Su corazón se endurecerá como la piedra, y se apretará con el yunque del herrero. Él es el que reina sobre todos los hijos de la soberbia".  -In quocumque die comederis; exeo, morte moriréis. "En cualquier día que comeréis de la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal, moriréis".   -"Nos sumus qui fugimos a facie Jesu latronis filio nave". Nosotros somos los que huimos de las armas del ladrón Jesús, hijo de Navé...
El clérigo preguntó a Jorge, qué buscaba con aquello, y este respondió que era sólo una curiosidad de estudiante. El clérigo le recomendó que existen cuestiones del conocimiento que es mejor dejarlas en la oscuridad, pues no sólo enloquecería al hombre, sino destruiría la misma historia.

Jorge no logró conectar ninguna de las frases que le diera la clave, para entrar a la Biblioteca. Aquella puerta no tenía ningún mecanismo que diera la entrada al santuario del saber. Esperó el anochecer y se introdujo en aquel pasaje para él, ya maldito. Esta vez llevó una linterna de más potencia y pudo descubrir una serie de figuras amorfas en las paredes. Al llegar a la puerta condenada, tomó una brocha de su bolso y empezó a quitar el polvo acumulado por el tiempo, se veía que tendría años sin que un ser humano hubiese entrado allí. Cada vez que iba quitando las capas de polvo se fue moldeando un dibujo: Un hombre en un oficio, que cada vez fue tomando más forma, era un herrero, en sus manos tenía un martillo y una espada, la espada elaborada tenía un nombre en su mango: Josué. El hombre estaba inclinado hacía un yunque muy particular, en el centro del yunque emergía un demonio que abría su pecho y mostraba sus vísceras, sus órganos vitales y un corazón lleno de fuego. El demonio estaba con los ojos cerrados, como si estuviera ciego, a sus pies un libro. Al lado del yunque como en una pared de fondo aparecía un árbol y en sus ramajes observó Jorge un compás movido entre un toro, un pez, un león y un águila. Bajo el árbol se leía ingens multitudo.

Jorge pensó las frases del clérigo y llevó las manos al corazón del demonio, un fuego abrasador le sobrecogió. Hundió el corazón y la puerta condenada cedió y una luz mortecina inundó aquel lugar lleno de sombras. Jorge sin vacilar entro a la habitación continua...
Al volver a su habitación llevaba en sus manos el Paraíso Perdido de Milton en la traducción de Don Juan Escoiquiz bajo las ilustraciones de Doré y una Biblia del año cien después del Cristo con un prólogo de Pablo de Tarso, prólogo que debió ser eliminado en el Concilio de Constantino. Así de igual manera, un papiro egipcio donde se hablaba del Libro del Erebos. Jorge no creía lo que tenía en sus manos, y esos no eran los libros que hubiese querido robar, volvería de nuevo a buscar otros textos.
Al siguiente día la Biblioteca trabajó con la mayor normalidad, Jorge como una fiera en celo estudió el lugar y observó que la desaparición de tres textos no había sido notada aún. El más difícil había sido el papiro, lo había robado porque era el único idioma antiguo que dominaba, lo había aprendido de su amigo Joseph Romero, egiptólogo aficionado, nunca había estado en Egipto y aprendió el idioma leyendo textos y revisando algunas reliquias que habían llegado a la Biblioteca, para una Exposición en la Universidad Católica. Nunca se atrevería a mostrarle aquel documento, tal vez con el tiempo, por ahora el conocimiento le pertenecería a él solo.
Jorge empezó a cambiar mucho, casi no dormía y fumaba mucho. Seguía con la obsesión de ir por segunda vez a la Biblioteca, había leído y releído a Milton, su autor favorito. Preparó una ponencia del mismo para un Congreso sobre Religiones en la Universidad. Al concluir la lectura de la Ponencia se le acercó el Clérigo, junto al Obispo y le felicitaron:
- Tenía años sin escuchar a alguien hablar de Milton. Se ve que sigues escudriñando en la oscuridad del conocimiento, pero acuérdate que hasta el mal, amigo, se torna ciego.
Recordó al demonio ciego que le ofrecía el corazón de fuego y la entrada a la Biblioteca. Aquella noche soñó entrando a la Biblioteca y cómo él se iba perdiendo en un laberinto de libros, un libro le llevaba a otro, y éste a otro, y cuando quiso salir no pudo, estaba ciego. Despertó sudando en fiebre. Un profesor le había contactado para que diera otra ponencia en una Universidad en el sur del país, él aceptó. Leyó su estudio metafórico del Erebos y su influencia en la Biblia cristiana; sostenía que Moisés había escrito gran parte de ese libro en Egipto. Y que ese era el secreto del Arca de la Alianza, de que el cristianismo había nacido de una filosofía egipcia.

Jorge empezó a vestir de negro, como un sacerdote, y un sobre todo de cuero. Fumaba en demasía y comenzó a ir más seguido a la iglesia, se quedaba horas observando la imagen de Jhesús, y luego se dirigía a uno de los bares de la ciudad a tomar con los poetas y narradores anónimos. A ellos les encantaba la nueva vestimenta estrambótica de su amigo. Otto Cárdenas se le había acercado:
-¡Has cambiado mucho camarada!
-No he cambiado, sigo siendo el mismo, sólo que mis ojos y percepción de la vida es otra.
Aquella noche Jorge volvió a entrar a la Biblioteca. Extrajo muchos más libros, pero no había logrado entrar a la sección X.
La siguiente noche fue igual, no consiguió entrar a la sección X, pero empezó a tomar cada día libros mucho más antiguos como el Libro de Mool, El Testamento de Ezequiel, dos libros inéditos de Confucio, El Tratado de Pitágoras, El Sueño de Orfeo, Gorgia, Los Evangelios Gnósticos, entre otros.
Su pequeño apartamento fue convirtiéndose en una pequeña y gran Biblioteca. El Bibliotecario empezó a notar la falta de grandes obras, al palpar el vacío y de una vez notificó al rectorado, nadie lograba indagar en las desapariciones de los textos, en su mayoría, textos de épocas y religiones primitivas.
Jorge seguía yendo a la iglesia San José, a observar las imágenes cristianas por horas, ahora tenía la manía de dibujarla en carboncillo, las dibujaba una y una otra vez. Sentía una curiosidad por la imagen de San Cristóbal en la Catedral, y el rostro en miniatura de la espada que cubría el cinto del Santo.
Le estaba empezando a fallar la vista, fue al médico y no logró encontrar respuesta a su mal. En las tardes se quedaba contemplando los leones que había mandado a hacer Eustoquio Gómez para la Casona de Gobierno, sus gestos y rasgos eran los mismos del demonio incrustado en la puerta condenada de la Biblioteca.

Por fin estaba entendiendo la ciudad, ésta estaba llena de enigmas y misterios. En el cuartel Bolívar, en la biblioteca del recinto había encontrado un libro de Pío Gil, inédito, intitulado: "Los ciegos en la ciudad de la niebla".
Sin pensarlo dos veces lo robó, y después de leerlo lo lanzó desde el puente Libertador al río. No quiso que más nadie leyera ese texto, el conocimiento era sólo para él. Con los días decidió que aquella sería la última noche que entraría a la Biblioteca. Los cuerpos de la policía técnica judicial estaban ya con el caso, su objetivo: Los robos misteriosos de la sección X. Jorge pensó en la imagen de San Cristóbal que dibujaba día a día en la Catedral. Llevó las manos al corazón de aquel demonio, un fuego abrasador le sobrecogió de nuevo. Hundió el corazón de aquel ser horrorífico y la puerta condenada cedió y una luz mortecina inundó aquel lugar lleno de sombras. Jorge sin vacilar entró de nuevo a la habitación continua. Todo estaba a oscuras, llevaba un pasamontañas, sabía que habían colocado cámaras digitales. Observó todos los estantes, los cuadros, las esculturas, y empezó a hojear en aquella oscuridad el conocimiento que debía estar tras cada portada y lomo de libro que manoseaba, tomó aquella cuña metálica e hizo ceder la puerta prohibida, su sorpresa fue grande, en el centro, sólo había un libro y, pensó en el clérigo y en la historia...
Años después recordaría aquella noche fatídica cuando fue sorprendido leyendo el texto maldito, trató de huir, pero de nada sirvió, todos los textos por él robados fueron devueltos y Jorge fue a parar a la cárcel de Santa Ana.
Con el tiempo formó una biblioteca en la prisión y enseñó a leer a muchos presos e hizo de dos panes y cinco peces una gran fiesta a aquellos descamisados. Todo el mundo le apreciaba, a los días de estar preso había quedado ciego, y aquel ciego siguió amando los libros y los siguió leyendo, nadie sabía cómo, muchos decían que había aprendido un conocimiento negado a muchos hombres.
Cuando fue puesto en libertad, estaba en vacante el puesto de bibliotecario de aquella Biblioteca, a la que había robado el conocimiento, fue admitido sólo por tener la característica del bibliotecario anterior, ser ciego. Jorge tomó su bastón y empezó a hojear en aquella oscuridad el saber, que debía estar tras cada portada y lomo de cada libro que manoseaba...

Extraido por Tochadasnet de : Libro Ciudad en la Niebla - José Antonio Pulido Zambrano

 
 
 
 
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