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ASI NOS CONTARON
 

El encadenado de El Cobre

Cuenta el abuelo Arturo que desde hace muchos años, se oyen ruidos de ultratumba cerca de la iglesia de El Cobre, los muchachos comentaban en la Plaza:
- Néstor, Felipe y Luis ¿me acompañan esta noche?
- ¿A dónde? – exclamaron todos a la vez.
- A la iglesia
- ¿Para qué?
- Dicen que después  de la media noche se oyen ruidos de ultratumba, tengo curiosidad por saber de qué se trata.
- ¿Qué vamos a ganar con eso, Enrique?
- Nada más que saber se es verdad  lo que la gente dice…
- ¡Estás loco, Enrique!
- No, simplemente quiero saber que hay en todo esto.- Bueno, te acompaño. – Dijo Felipe
- Y yo…
- Y yo… ¿Pero qué tenemos que hacer?
- Debemos protegernos con un escapulario y una Cruz de palma bendita, además llevar velas o una lámpara de kerosene.
- A las once, pero no digan nada en casa. Tengo las llaves de la iglesia y de la puerta que va al campanario.
Los muchachos se despidieron y a las once de la noche estaban llegando; las solitarias y en semipenumbra daban sensación de misterio, mientras, la niebla corría en ráfagas.
Despacio entraron por la sacristía y pasaron a la iglesia. Todo estaba en silencio.
Al acercarse las doce de la noche, ráfagas de aire hacia chirriar puertas y ventanas, se oían ruidos de pesadas cadenas que arrasaban y chocaban, luego, gritos en demanda de auxilio y llanto. Eran tan escalofriantes que los muchachos pálidos y asustados, miraban a todos como queriendo descifrar el enigma.
Enrique dijo bajito:
-Vamos al campanario, los ruidos vienen de allí.

-Yo te acompaño – dijo Felipe
-Yo no…
- Ni yo… Nosotros nos vamos.
Los dos se fueron corriendo sin mirar atrás.
Enrique con una lámpara en la mano subió las escaleras, seguido por Felipe.
El viento apagó la lámpara y la prendieron de nuevo, estaban en el campanario, por el pasillo caminaba hacia ellos una figura alta y pálida, su cuerpo lleno de heridas ensangrentadas y los ojos desorbitados, con voz quejumbrosa decía:
-Ayúdeme…!
Felipe no pudo más y se desmayó, Enrique soltó la lámpara y salió corriendo…
Al amanecer, Enrique regresó para auxiliar a su amigo y un anciano los recrimonó:
-No han debido hacer eso… Dicen que más de doscientos años existía en este pueblo una secta satánica que hacía sus ritos en las noches, cuentan que alguien los descubrió y sólo pudieron apresar a dos.
Los maltrataron y no consiguieron saber quién era el jefe ni para dónde se había ido. Siguieron martirizándolos y tampoco pudieron saber nada de la secta ni de sus componentes, hasta que los mataron a fuerza de golpes y tortura.
Uno de ellos sigue vagando por estos lugares y tal como lo vieron arrastra una pesada cadena de hierro, lo llaman El Encadenado.

Fuente: Apolo Dionisos.com


 
 
 
 
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