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ASI NOS CONTARON
 

De la radio a la television, asi nos contaron...

El que inventó la radio, jamás  se imaginó que iban a salir cajones en los que se iba a ver el que hablaba o cantaba. En las emisoras se presentaban los artistas en mangas de camisa. Los locutores aparecían despeinados y hasta con los cuatro pelos de la barba de cuadro días. Que importaba que el pantalón lo hubieran alisado poniéndolo debajo de fique. En cambio los programas de talento vivo, sí obligaban a bañarse y hasta ponerse su dosis de glostora.
La ciencia no se para. No puede detenerse. Cada vez tiene que dar más y más. Por lo mismo algunos se rebanaron la témpora y sacaron la bendita tevé.
Los radios, con ojo mágico y de reconocidas marcas, y que la gente los mantenía tapados para que no les cayera polvo, pasaron de moda. Ya había aparecido el transistor y los tubos se fueron pa´ onde Londoño. Los técnicos se dieron de cuenta de que debían estudiar los perolitos esos, y tiraron al pote de la basura los libros que habían comprado en mil novecientos cuarenta y cinco. Entonces se obligaron a estudiar por correspondencia lo de la televisión, y en más de una casa ta el diploma que le enviaron las escuelas Latinoamericanas colgado en la pared,  y un cajonao de cables y pegamentos que se ofrecían para el estudiante.
Vino como por magia el poder ver lo que hacían en Caracas. Y la familia que incluía el gato criollo ya que no habían llegado los importados, se reunió alrededor del aparato y disfrutó del Derecho de Nacer antes de que don Rafael hablara. A más de un mocoso impertinente le dieron un tate quieto por no dejar ver a Amador Pernía el de las noticias.

La televisión, pues, trajo una revolución: la de los grandes comerciantes que trajeron bultos de aparatos para venderlos. Se oía, ¿Cuánto vale ese que ta´junto a la radiola? Bueno ese es el único que nos queda. Busté lo quiere al brinco de la pulga o a cotas mensuales? Bueno, le puedo dar dos mil horita y el resto en letras de a ciento cincuenta casa una. Luego de firmar más de treinta letras, salió pretencioso el comprador con su aparato. El dueño del almacén le comentó al empliado: Con la emoción, ni me pregunto por la antena. Ese güelve y le clavamos la ganancia.
Resulta que cuando ya tábanos acostumbrados a ver las cosas en blanco y negro, nos arrempujan la televisión a colores. Ya el aparato común y corriente se consigue hasta a cuatrocientos bolívares. Se repite la historia de la compra: Sil es al contado se le puede dar la antenita de bigote y un portarretrato para tenerlo con la suegra mostrando la plancha que le hicieron donde los Rodríguez. Si es fiao, le damos treinta meses, y le recibimos el que llevó enantes como parte de pago. Y el bolsas se obliga a pagar por lo nuevo. Qué se le va hacer. No puede uno exponerse a que los vecinos lo atalayen viendo a Estefanía en un aparato fuera de moda.

Pero si hay problemas para los compradores, también los hay para los que se presentan en los programas.  A color se les ven las arrugas, turupes, barros, los ojeras, el carate, las caries en los colmillos, la cicatriz de la pedrada, el bigote que por abundancia de hormonas ya pintan las vejucas, el manchón que dejó el mute en la chaqueta, y hasta el moco que no le quitaron cuando les pusieron el emplasto del maquillaje. Mejor dicho, la televisión a color echó la vaina completa.
Por cierto que un destacado galán, después que le plancharon el arruguero, cuando llegó al rancho de su amá lo mordió la perra porque no lo reconoció, y se puso arrechísimo porque los sutes no le pidieron la bendición, y la patrona lo abrazó a confundirlo con el guachimán, Pero todo valió la pena para el sujeto. Ya ni los ojos los puede cerrar, y el huequito que se le ve en la barbilla, es el ombligo que le llegó hasta allí con la estirada de cuero que le dieron.
Ojalá que no se les antoje inventar la televisión con olores y todo lo demás. Porque  entonces en el programa de la noche, veremos a la señora echándole la culpa a la perrita y sacando un pañuelo con mucha colonia de agua e von que le comprara a la que vende los productos.

Fuente: Mis Alpargatazos / Víctor Hugo Mora.




 
 
 
 
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